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Como en muchas otras ocasiones América Latina vive tiempos complejos, de retos y esperanzas, también de dificultades. Desde nuestra perspectiva se pueden identificar enormes posibilidades para la promoción de la paz; el fortalecimiento de la democracia; el fin de la violencia, cualquiera que sea su signo, como alternativa política; la incorporación de la mujer a los espacios públicos y políticos; el papel relevante de los movimientos indígenas, etc.Aunque estos procesos de transformación pacífica de conflictos, de satisfacción de las necesidades, de desarrollo de las capacidades de los pueblos de América Latina, están enmarcados en una complejidad globalizadora y una conflictividad que no excluyen, en muchas ocasiones, las salidas violentas. Efectivamente, perviven violencias directas, culturales y simbólicas a las que se suman el nuevo auge del neoliberalismo (aumento de las desigualdades y el paro, inequidad, etc.), la inconsistencia de muchas democracias, el uso violento de la Ciencia y la Tecnología, la degradación ecológica o el calentamiento global.

Este panorama de conflictividad, paz y violencia puede verse agravado por los posicionamientos académicos, intelectuales, sociales y políticos que siguen haciendo hincapié en la negatividad -por otra parte grave y, en cierto sentido obvia- de la violencia olvidado los efectos liberalizadores que pudiera tener, que tiene, el reconocimiento y empoderamiento de los espacios y prácticas de paz. Desde la perspectiva pacifista, de la negación de cualquier forma de violencia, creemos que es imprescindible hacer un giro epistemológico y ontológico que nos permita darle a la paz todo el poder que reside en ella. Un giro que nos permita reconocer a todas las instancias de la paz imperfecta, de todas aquellas paces allá donde estén ubicadas, y empoderarlas para que se conviertan en un criterio de acciones personales, públicas y políticas.

Nosotros, nosotras, como investigadores e investigadoras de la paz, pensamos que hay que concederle especial atención a la praxis de la paz, a sus acciones y a sus reflexiones. En este sentido los investigadores, los centros de investigación, las universidades, todas aquellas instituciones que investigan y enseñan la paz deben de ser potenciadas a lo largo de toda América Latina.

La creación de una red de investigadoras e investigadores de la paz imperfectapuede ser un instrumento y, ojalá, una garantía de que esto ocurra. Que se entiendan los conflictos de manera abierta y creativa, que se utilicen las medicaciones como espacios de gestión de los conflictos de manera pacífica, y que se deconstruya la violencia con todos sus significados, condicionantes y limitaciones.